viernes, 28 de noviembre de 2014

Ascensores, grillos y bolas del desierto

Entro a la cocina por la mañana y enciendo la radio. Este acto diario y reflejo me ayuda a soportar ese concepto tan aterrador llamado silencio. Me envuelvo entre tertulianos, debates absurdos y anuncios de teletienda.

La historia se vuelve a repetir al rato. "¿A qué piso?" "Al octavo". "Ah, yo también". Carraspeo, tos, reflexiones sesudas sobre cuestiones metereológicas. Lo que sea para que el otro no escuche nuestros pensamientos.

 ¿Por qué nos forzamos a decir tonterías? ¿Por qué el silencio ha de ser incómodo? ¿Por qué no nos gusta compartirlo con el resto?

No fui consciente de nuestro horror vacui hasta que llegué a Alemania. Quizá a ellos también les asusta, pero no hacen esfuerzos tan exagerados como nosotros para ignorarlo. Está ahí, y lo comparten. Es parte de la escena, no pasa nada. Al menos a ellos parece no molestarles.

 A ti, en realidad, te entra cierta sospecha al principio. ¿Les caeré mal? Podría decir algo para romper el hielo, pero mierda, es peor el remedio que la enfermedad.

 ¿Hablar del tiempo en alemán? Ni de coña. Callas y aguantas estoico. Así pasan los segundos, en los que crees que la nada te absorbe y no habrá vuelta atrás... hasta que alguien mira por la ventana y dice:

- Schönes Wetter heute, oder?

- Ja, stimmt.*



*-Hoy hace buen día, ¿no? - Sí, estoy de acuerdo.

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