lunes, 10 de noviembre de 2014

Cracovia. Y sobre todo, outsider.

Kazimierz, zapiekanka, pierogi, milk bars. Gente de apariencia hosca, señores y señoras anclados en un pasado que se refleja en su mirada. 

Cracovia me ha sorprendido. A bien. Me la imaginaba "bonita sin más", pero no. Tiene historia y soul. Muchos bares, gente joven, y un regusto a antiguo, así como de chimeneas de carbón y olor a cerrado, que le sienta bien.

Ese tranvía, el frío que nosotras no pasamos pero te imaginas. Los puestos de fruta y verdura. Las pastelerías. Todo tipo de vodka y mezclas imposibles de cerveza.

Sigue oliendo a tiempos de cartilla de racionamiento. La historia permanece, Cracovia no se ha vendido.

Aún así, niños Erasmus pueblan la ciudad, y el centro parece un escenario de atrezo, reluciente para los turistas que se acercan a ella.

Supongo que la mayoría de los cracovianos viven al margen de todo esto, intentando sobrevivir en una ciudad que todavía es una outsider dentro de Europa.

El sonido a bares y fiesta se mezcla en Kazimierz con el recuerdo de los guetos en los que vivían los judíos tras la ocupación Nazi. Y entonces piensas en Auschwitz, situado a 70km de aquí. Muchos de los habitantes de Cracovia acabaron ahí, en una ciudad matadero, reflejo asqueroso de la barbarie humana.

Y vuelves, y relacionas Auschwitz con la fábrica (ahora museo) de Oskar Schindler, un empresario y espía alemán, además de miembro del partido nazi, que salvó la vida de unos 1200 judíos durante el holocausto, empleándolos como trabajadores en sus fábricas de menaje de cocina y munición.

De repente te plantas de nuevo en hoy, porque entras al MOCAK, el Museo de Arte Contemporáneo de Cracovia, que curiosamente, se encuentra a 500 metros del museo de Oskar Schindler. Y aquí todo huele a recién hecho, a globalización, aire fresco.

Y entonces te has pateado ya media ciudad, y tienes hambre, y quieres descansar. No sales de los zapiekanka ni de los pierogi, pero no te importa. Están ricos, tirados de precio, y los tienes de todo tipo y sabor.

Cracovia es a veces en blanco y negro. Otras vuelve al color. Sigo escuchando violines, un sonido melancólico. Pero me gusta el tono. Sus colores están todavía libres de la capa superficial que puebla otras ciudades.

Y todo esto se mezcla con la propia experiencia del viaje, los acompañantes, esas canciones que sin saber por qué se convierten en la banda sonora de unos días al margen de este tiempo -  http://goo.gl/bGdDgv

Gracias Krakow, gracias Mandy.

Outsiders, que lo sigáis siendo.


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