miércoles, 12 de noviembre de 2014

In baking we trust

Soy de esa gente que disfruta comiendo lo que otros cocinan. En realidad, no me molesta ejercer ese papel, pero he de reconocer que a una parte de mí le gustaría que algún día cambiaran las tornas: Yo cocino (con amor). Tú comes (con amor también). Porque sí, me dais un poco de envidia.

También admiro ese momento ritual terapéutico, que si la musiquita, el vinito y ese vamos a olvidarnos de todo por un rato. Tener las manos en la masa (en el sentido más literal), remover, añadir y mezclar. Como un científico loco o un niño al que le gusta pringarse en el barro.

 La sorpresa del final también es un punto a tener en cuenta. Ni el propio chef puede saber cómo quedará su obra. La forma, el sabor y la textura son todo un misterio que deberá ser posteriormente desvelado por el paladar.

Habrá quien piense que hoy en día existen miles de trucos en el supermercado para fardar de pastelero a través de polvitos mágicos. Una tarta bien mona en cinco minutos. Pero incluso el paladar menos entrenado puede ver la diferencia. No es lo mismo, no. Ahí no hay amor, solo un aquí te pillo aquí te mato que no engaña a nadie.

Piensa en la gozada del olor a pastel en el horno. Lo que significa compartir su creación. Saborear. Dejar un trozo para el día siguiente y que te salude con una sonrisa sincera por la mañana cuando tu ya te habías olvidado de él.

 Sí, estoy aquí, soy de verdad. Cómeme.

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