miércoles, 20 de mayo de 2015

Roberto MOLAño. Lee, maldita sea.

Que no haya terminado de ver Mad Men, pasa. Ni haya seguido con Juego de Tronos o Breaking Bad, bueno. Que no conozca muchos grupos de ahora, vale. ¿Pero que no lea? Mal, mal, mal. Y que olvide a Bolaño, peor todavía.


Ahí está, en mi mesilla, su libro más conocido: 2666. Un libro que en realidad son cinco libros. La versión más actualizada que pudo conseguir antes de morir, quizá no la definitiva. A los cincuenta y pico años, sabiéndose enfermo, habló con su editor para que publicara cada una de las cinco partes de 2666 por separado, con un orden y un tiempo de lanzamiento determinado. Sabía que moriría pronto y quería solventar el futuro de sus hijos con los beneficios que sacara de cada una de las partes. El editor leyó las historias, y creyéndolas tan buenas, decidío publicarlo todo a la vez.

¿Quién fue Roberto Bolaño? Un escritor chileno afincado en Barcelona al que durante mucho tiempo no le conoció ni el tato. Un friki de los libros, las librerías, la literatura y la poesía. El típico señor con aire taciturno al que te encuentras en el bar con su cigarro y su café, imaginando historias y personajes basados en el camarero y la frutera del local que está debajo de casa. 

A mí me parece, sin saber demasiado de esto, que fue un crack de la literatura. Su mezcla de estilos, mundos y personajes, el humor negro, las sutilezas, los viajes, las metáforas y en definitiva, su visión de la vida, son peculiares y tienen mucho rollo, un tono macarra.

Bolaño  fue un escritor original y muy prolífico al que nunca se le ha dado especial bombo. Un rebelde con su propia causa, un señor al que debería leer más atentamente. Alguien que me hace pensar en darle a la lectura mucho, más, siempre y muy fuerte.







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