jueves, 10 de diciembre de 2015

Vinimos a emborracharnos

Y el resultado no nos da igual. 

Bebes para olvidar. O para recordar. Bebes por beber. Para celebrar. Por costumbre. Los primeros tragos los controlas, todo va bien, ahí llega el puntillo. Y se va. Esa fina frontera entre el puntillo y el puntazo, o más bién, entre el puntillo y la chuza, la cogorza. Entonces ya te has perdido, y el resultado es impredecible. A veces parece que te ves desde fuera, ves a tu yo ebrio e intentas advertirle de que se calle, que está haciendo el ridículo, que pare ya, que deje de llorar o de descojonarse del tío de al lado, que deje de ser tan inaguantable, que no se cabree, pero no puedes hacer nada. Vinimos a emborracharnos. 

Y el resultado puede ser lamentable, o curioso, o hasta gracioso. Bajas tus niveles de control y aparece una versión de ti mismo que no tienes ni idea de dónde sale, pero ahí está. ¿Serás tú? Y qué mal o qué bien. Qué manera de bailar o de tropezarte por las escaleras y caerte al suelo. Ya no hay vuelta atrás, la resaca te espera a la vuelta de la esquina. ¿Por qué? ¿En qué momento? Tengo un alien dentro que solo sale en ciertas fiestas. Se apodera de mí. ¿O es al revés? El alien está siempre presente hasta que vengo y me emborracho y el resultado me da igual.


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