sábado, 20 de febrero de 2016

Nespresso, ¿qué más?

La semana pasada entré por primera vez en una tienda Nespresso. Sí, quizá voy un poco tarde. El caso, flipé. Entré a comprar una simples cápsulas de café y me sentí como si estuviera entrando en  Tiffany's (bueno, como me imagino yo que sería entrar a Tiffany's en su buena época, que ahora se ha convertido en una atracción turística donde te dejan entrar incluso con un perrito caliente y en estilo chandalero) .

A lo que voy. La tienda de Nespresso más que un lugar para comprar café es como una boutique de alto standing, donde un personal trajeado te atiende pasándose de amable y hablándote de usted. 

He de reconocer que el marketing es brutal, pero a la vez, no deja de chirriarme la distancia abismal entre el producto en sí y todo el embalaje y la parafernalia que tiene detrás. Que si el club Nespresso, que si las cafeteras, esos mostradores donde parece que se esconden joyas de no sé cuantos kilates... Sinceramente, me pareció un poco ridículo. Entendería esta historia para un producto de otras características. Más que orgullo, la bolsa Nespresso que me dieron para llevar los tubos del café me dio un poco de vergüenza.   

Granos de café, rebelaos. Sí, la cápsula es muy cómoda, pero... 

Una mente encapsulada da mal rollo. 

miércoles, 10 de febrero de 2016

El Museo de las Relaciones Rotas

Se dice que amar es un arte. ¿Y desamar? Olinka Vištica y Dražen Grubišić, ex-pareja y creadores del Museo de las Relaciones Rotas [Croacia, Zagreb, pero también itinerante a nivel internacional] seguramente se hicieron estas preguntas. Probablemente pensaron que merecían una ruptura a la altura de su relación.  

En efecto, vivimos rodeados de ceremonias. Que si bodas, que si despedidas de solteros, funerales, bautizos, comuniones. ¿Y qué hay de las rupturas? Normalmente éstas tienden a ser finales abruptos, feos, sin una canción de despedida. No hay lacito al final. Rompes y te vas. Todo lo que un día nos pareció maravilloso desaparece sin más, se evapora.

Hay tantas historias de amor y desamor... En este museo puedes dejar la tuya. Donar objetos junto con el significado que tienen para ti. Me parece un buen plan, una catarsis colectiva. La poética del desamor. 

Porque, ¿a quién no se le ha roto alguna vez el corazón?

De todas formas, yo me quedo con una de las últimas partes del discurso de Olinka en TedxRoma (puedes ver el vídeo más abajo) donde nos explica las instrucciones de uso de uno de los objetos por parte de su donante (se refiere a una especie llavero con lucecita) : "cuélgalo con las luces parpadeando, porque me recuerda a un corazón que palpita y además, la pila se puede cambiar".




                   

lunes, 8 de febrero de 2016

Poesía visual, el espíritu de la Tierra. ¿Y tú qué fumas? [Tapita Visual: Baraka, de Ron Fricke (1992)]

Mirar "en serio" cuesta. Observar, pararse por un rato, pero de verdad, nos supone la vida y más últimamente. Por eso sé que este documental no va a ser fácil, aunque las imágenes sean una pasada, aunque respire cosas grandes y bonitas y nos saque por un rato de nuestro amuermamiento mental y vital. Somos hormiguitas dentro de la inmensidad de la Tierra. Pero es que en vez de expandirnos, nos volvemos más hormigas si cabe, al calor de nuestro ego. Entre cuatro paredes y 300 pantallas. Si te hace, al menos, en una de ellas intenta ver algo decente. Extiéndete, respira profundamente e inhala belleza, deja que tus ojos se posen serenos frente al espectáculo del mundo. 

Si quieres, aquí te dejo hora y media de poesía visual para calmar tus entrañas: 


 




miércoles, 3 de febrero de 2016

No tienes ni idea

Estás viendo unas caras, sus pantalones, los pendientes, la conversación sobre su nuevo corte de pelo o sobre dónde se han comprado esas zapatillas. Todo correcto, insustancial, anodino. Saludas al pasar a tu exprofesor de matemáticas, a la panadera en el bus, a tu vecino del segundo en el ascensor. Todo bien. Todo bien hasta que la puerta se cierra. Bueno, en realidad hasta que una puerta se cierra para dejar que otra se abra. La puerta de la que nada sabes, de la que no tienes ni idea. La puerta en la que entras con la máscara, las uñas postizas, tus nuevas zapatillas, el corte de pelo y tras una sacudida, te deja descalzo, desnudo y aturdido frente a cosas que no puedes explicar. Seguramente ellos no conocen tu puerta. Ni tú del todo. Siempre se te olvida en qué pasillo y el número.  

Como no lo sabemos, sólo podemos intuir que cada uno tiene sus propias puertas dando a trasteros que acojona mirar. La mierda se va quedando ahí dentro, porque total, no la ve nadie. Pero los trasteros no son infinitos y en ocasiones piden a gritos una limpieza. Bah, pasas un poco el polvo, hasta la siguiente. Cierras la puerta y te vistes, te sacudes los restos y sonries al mundo encima de tus nuevas zapatillas. Esperas a que la puerta esté bien cerrada, porque no piensas volver en un rato. Aunque eso no lo decides tú. ¿O sí?

No tienes ni idea.