miércoles, 3 de febrero de 2016

No tienes ni idea

Estás viendo unas caras, sus pantalones, los pendientes, la conversación sobre su nuevo corte de pelo o sobre dónde se han comprado esas zapatillas. Todo correcto, insustancial, anodino. Saludas al pasar a tu exprofesor de matemáticas, a la panadera en el bus, a tu vecino del segundo en el ascensor. Todo bien. Todo bien hasta que la puerta se cierra. Bueno, en realidad hasta que una puerta se cierra para dejar que otra se abra. La puerta de la que nada sabes, de la que no tienes ni idea. La puerta en la que entras con la máscara, las uñas postizas, tus nuevas zapatillas, el corte de pelo y tras una sacudida, te deja descalzo, desnudo y aturdido frente a cosas que no puedes explicar. Seguramente ellos no conocen tu puerta. Ni tú del todo. Siempre se te olvida en qué pasillo y el número.  

Como no lo sabemos, sólo podemos intuir que cada uno tiene sus propias puertas dando a trasteros que acojona mirar. La mierda se va quedando ahí dentro, porque total, no la ve nadie. Pero los trasteros no son infinitos y en ocasiones piden a gritos una limpieza. Bah, pasas un poco el polvo, hasta la siguiente. Cierras la puerta y te vistes, te sacudes los restos y sonries al mundo encima de tus nuevas zapatillas. Esperas a que la puerta esté bien cerrada, porque no piensas volver en un rato. Aunque eso no lo decides tú. ¿O sí?

No tienes ni idea.


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