domingo, 13 de marzo de 2016

Qué hacer cuando no tienes nada que hacer

Hablo de estar calentando asiento en una oficina durante unas horas prestablecidas (e infinitas) que se supone has de cumplir y no tener nada que hacer. Y cuando digo nada, es ya ni siquiera tener que tomarte un té porque llevas ya cinco, y cuatro de ellos han sido solo por hacer tiempo.

El estrés no mola un pelo, pero esto tampoco. No tener nada que hacer en un trabajo es frustante. Sobre todo porque uno siente que tiene que hacer como que hace. No vas a estar en modo sofá leyendo un libro o echándote la siesta. Es un pause en alerta que tiene algo de estresante. La cara se te queda en modo pantalla, el culo cuadrado y la mente chamuscada. Lo de la meditación acabas descartándolo porque un rato está bien, pero ocho horas es demasiado. Otra opción es dedicarte a "asuntos propios", asuntos pendientes que no tienen que ver con el trabajo. Vale, bien, seguramente hay a quien se la sople y lo haga (por lo menos en parte es algo productivo), pero a mí me entra cierto cargo de conciencia, así que de momento queda descartado. Y en realidad sería lo ideal, ¿por qué fingir hacer algo de trabajo que no tienes, si puedes hacer otras cosas aunque no estén relacionadas con él?

En realidad esta historia es muy políticamente incorrecta. Esta sensación que seguramente más de uno tenga es poco confesable. Decir que no haces nada cuando te están pagando y hay mucha gente que se parte el pecho currando y su salario es una miseria o directamente no tiene trabajo quizá sea una aberración.

Una aberración que lamentablemente a veces se da.



El equilibrio es imposible

  

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