lunes, 23 de mayo de 2016

Café turco: Ningún filtro, muchos posos

A mí también me han mandado hacer café. Café para siete la primera vez. ¿Sabes hacer café?, me preguntan. Yo: "pues claro". 

Vale no. Esto es café turco. Tienes ante ti un cazo estrecho con asa, llamado cezve, un café que parece soluble pero no, y los fuegos para calentar esta maravilla.

Es fácil, me dicen, tú echa el café cuando el agua esté caliente pero sin llegar a hervir, lo mueves, echas un poco de azúcar y listo.

Ok, digo yo. No problem.

No problem? Umm...  

El agua empieza a humear, echo el café y remuevo.

En realidad he puesto las cantidades a ojo. Que sea lo que Dios quiera. 

(Sigo removiendo...)

Esto no se disuelve. Una especie de arenilla cubre la cuchara cada vez que la saco del cazo. 

Oh Dios mio, esto no se va, me he pasado un montón con la cantidad de café. 

Ahí arriba hay gente esperando, pero ¿cómo se van a beber esto que no tiene más que posos? 

Bueno, no puedo hacer mucho más, dejo reposar el potingue para que los posos se queden abajo y voy poniendo la mezcla en las tazas, cogiendo el café desde la parte de arriba para evitar esa arenilla tan desagradable. 

Menudo desastre, pienso. Espero que no se atraganten.

Pues no, no lo hacen, todos siguen vivos, me piden un poco de leche. Todo correcto. 

Resulta que todo estaba estupendo. Lo descubrí en un viaje a Mostar, donde pedimos café turco, servido en ese cacito tan cuqui que se ve en la foto. Y oh, cuál fue mi sorpresa al descubrir que en sus profundidades se hallaba ese ya conocido fango marrón.

No fui tan guay como para poner los azucarillos con los que se toma a veces. Tampoco lo sabía. Te metes el azucarillo a lo bestia en la boca y luego bebes el café. También puedes endulzarlo con lokum, esa cosilla cuadrada pinchada con un palito  que aparece en la foto.

Interesante, ¿no?









 




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