domingo, 12 de junio de 2016

Flamenco y consciencia

Ayer quedé por primera vez en este rato con gente de mi generación. Me sentí mayor. Llevo tres meses saliendo de vez en cuando con gente nacida en 1994. Sí, existen. A veces me creo que somos de las misma edad, pero no. Cuando piensas en que son de mediados de los 90 primero crees que son todavía niños. Pero un momento, esta gente ya es adulta y podrían tener hijos. 

Los de ahora: tres arquitectos, dos españoles y una chica de Zagreb. Los temas de conversación cambian mucho. Con los "niños" me lo paso bien, pero los años, aunque no nos demos cuenta, se notan. Las conversaciones, la visión de la vida, las prioridades. La mayoría están todavía frescos, sin curtir. Cosa que se agradece. Un soplo de aire fresco que nunca deberíamos perder, nadie. Pese a todo. Pese a los años y los palos de la vida. 

El beber también se nota. Los de mi generación estuvimos de charleta, de tranquis. Unas cervecitas en un bar coqueto, bebidas típicas de la zona, porque con la edad el paladar se refina. Un par y a casa. Los niños en eso no tienen filtro, ni paladar, el alcohol es para emborracharse, rápido y mal. No hay bares, sino supermercados y parques, barato siempre es mejor. 

Otra diferencia: los niños pueden estar de fiesta de viernes a domingo non stop. Salen hasta las seis de la mañana y a las diez ya estás haciendo  un plan para ir a una isla y volver a empezar de nuevo. Eso un casi treintañero no lo contempla. Su cuerpo con una noche ya tiene de sobra, y necesita otras dos para recuperarse.

Ayer hablamos del duende en el flamenco, de la consciencia, de qué es el éxito, de si sabemos quiénes somos en realidad, de por qué hacemos lo que hacemos, de la cultura, la existencia en general. Fue una de esas conversaciones que aparecen de vez en cuando en la vida y todo se para por un momento para que cojas aire, perspectiva y te des cuenta de la morralla que llevamos de serie. De que en realidad estamos todos conectados y somos parte de lo mismo. A pesar de los acentos, a pesar de las vivencias. A pesar de todo. Si viajas, sales y hablas con la gente, gente diferente, siempre hay un momento en el que llegas a ese punto de comunión.

Me gustaría pensar que estas conversaciones sirven de algo. Que nos agitan de verdad. A veces una buena charla con alguien puede salvarte de muchas cosas. O cambiarte para siempre. Imagínate. Otras son solo anecdóticas. Cuando piensas que te aburres y joder qué agusto pillarías la cama.

Yo digo que si puedes, las aproveches. De eso va estar en este mundo.


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