Te paseas así hasta la parada del metro, lo llevas tipo bandolera cuando vas en bici (único vehículo propio al que puedes optar) en portadores con estampados (si son del Tiger mejor). Luces con orgullo ese menú preparado el día anterior, que oye, a veces resulta mejor que el de un buen restaurante de Manhattan.
¿Hoy qué toca?, preguntas a tu compi. La respuesta será variada: Desde platos elaborados a base de legumbres, pasando por ensaladas con todo y un poco más, tortillas de patata compradas en el super o rollitos de primavera que te sobraron de la cena de ayer.
¿Hoy qué toca?, preguntas a tu compi. La respuesta será variada: Desde platos elaborados a base de legumbres, pasando por ensaladas con todo y un poco más, tortillas de patata compradas en el super o rollitos de primavera que te sobraron de la cena de ayer.
No solo hay diferencia de clase entre los menús, también existe dentro de la propia Tupper Class: Cristal o plástico. Se entiende que el primero está por encima, más pulido, más sofisticado, más fácil de limpiar. Porque sí, la limpieza en la Tupper East Side tiene sus dificultades. La salsa de tomate se complica, sobre todo en el plástico, que a veces se tinta de colores insospechados sin poder volver de nuevo a su ser. Tonos amarillentos, anaranjados... que dejan en el olvido al puro transparente o al translúcido incoloro.
Me parece perfecto todo este trajín tupperil. Pero, si me dan elegir, me quedo con el menú del día, aunque sea de El Bronx.
