En efecto, el estilo cantautor se lleva mucho por aquí. Son muy de tocar la guitarra y tararear canciones populares. Incluso en el autobús, algún conductor emocionado te planta un disco de canciones tradicionales a todo trapo. Si me las supiera, yo las cantaba. A pesar de lo pastelosas que me suenan, me hacen gracia. Aquí pegan, quedan bien.
Pero Ibrica no es el único que conquista los espacios de la ciudad vieja de Dubrovnik, aunque quizá sí el más conocido. No solo en la calle, las sobremesas o encuentros de amigos y familiares suelen acabar con alguien tocando la guitarra y la gente cantando. Es gracioso porque la persona que menos te esperas se sabe las canciones. Todo esto ambientado por chupitos de rakia, un licor de frutas muy fuerte que se bebe en los Balcanes. O sea, que la exaltación de la amistad y el abrazo inesperado a tu cuñado están servidos.
Ibrica Jusić, según me dijeron, no quiere aplausos, ni calderilla. Quiere que compres su música y disfrutes de ella. De ese todo especial.
Ojalá su tradición perdure. La resistencia pacífica de la música bien entendida.
El alma de la ciudad vive escondida en los mejores rincones.
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