sábado, 5 de agosto de 2017

Sobre la gente

Te pueden dar el cielo o directamente llevarte al infierno. 

Como muñecas rusas o caleidoscopios. A algunos les "pone". Estar con gente les proporciona el chute de energía necesario. Buenrolleros, sociales, guiñaojos. Otros, sin embargo, lo forzamos. Nos exponemos por necesidad. Lidiamos. Porque no queda otra, porque en realidad pensamos que nos hace bien. Más que un disfrutar, esa relación con las personas significa una lucha constante.  Es complejo. A veces no tanto, cuando las elegimos y nos gustan. Sin embargo, hay tantas personas que no... 

Trabajar de cara al público confirma mis sospechas: la peña se droga. Es increíble lo diferentes que podemos llegar a ser y al mismo tiempo, tan iguales. La vida es un absurdo constante, y cuando te "enfrentas" a personas que te aparecen así, sin elegir, que pasaban por ahí, se ve todavía más claro. 

Normalidades que tú consideras rarezas, gustos dispares, energías que chocan. Todo ello crea un desgaste invisible pero absoluto. Sin solución, un Windows contra Apple. 

Que todos lloramos, reímos, nos sentimos queridos, heridos, lo que sea. Pero cada uno a su modo, dentro de su capa, de su minimundo. Orbitan planetas donde se hablan lenguajes irreconciliables. ¿O quizá no? ¿Puede que se entiendan a través del abrazo, el beso, o el silencio? No hay tanto tiempo para comprobarlo con todos. Sí con algunos. Hagamos terapia.

Somos tonalidad, matiz, contraste. Debemos serlo. Yo me entiendo, o me confundo del todo, cuando me pongo delante del otro. Nos entendemos o confundimos en contraposición. A veces como un espejo en el que no nos queremos mirar. 

El caso es que luego, cuando se apagan las luces, se sube el telón y comienza la música, cualquier barrera anterior se difumina. Desaparece el contraste y la señora pide un kleenex al niño mientras el marido se aguanta las lágrimas.

Películas que nos unen, vidas, mentes complejas y enredadas, que nos separan.


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